Yo había nacido aquí cuando ella se sumo
Ambos crecimos entre cosas que teníamos pero no eran nuestras
Y nos enarbolamos, con nuestros nudos y nuestras raíces torcidas, enredándonos.
Por que era innecesario habitar, pudiendo vivir
¡Aunque sea sin querer!
Aunque tengamos qué y no sepamos cómo, queríamos vivir.
Pasarla lindo.
Éramos dos gusanos que se encontraron en lo más putrefacto del corazón de una manzana, si de algo íbamos a morir, que sea de placer, enfermos de placer.
Las enfermedades para nosotros eran cuentos terribles, se decía que los sordos estaban enfermos, se decía que los homosexuales estaban enfermos, pero nadie decía nada de los enamorados ni de los hinchas de Racing.
De nosotros, los enfermos.
Los que no viajan, o no comen cuando viajan.
El mundo y nosotros, huracanes y barriletes.
A veces me invitaba a acompañarla, me llevaba a compartir el invierno inventado, que ella misma pedía prestado en los aires acondicionados de los supermercados, sin pagar las estadías y sin preocuparnos por los pasajes.
Para nosotros, la Bombonera estaba en las vidrieras de las peatonales.
En la escoliosis de los alquileres, en la eternidad de los colectivos.
En vivirla como salga.
En ser libres.
¿Cómo los pájaros?, No.
Libres como los perros que duermen tranquilos en las casetas de los cajeros automáticos.
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