lunes, 8 de junio de 2015

En el sur pescamos

En el sur del mundo, existe un pueblo preso y pobre que vivió por mucho tiempo con las condiciones de los presos pobres.
Día a día, todos allí comimos solo pan y tomamos solo agua.
No moríamos, al menos no todos, pero tampoco era vivir.
Un día, éste pueblo decidió tomar lo que tenía, juntarlo y atar el mazapán al último clavo suelto que sostenía a la estructura en su conjunto.
Los ató, con un hilo delgadísimo.
Aun con el riesgo del no ensayo y el no error, se tiró aquel clavo al río y se sacó una mojarrita.
Esa noche nos hicimos pescadores.
Algunos pocos, los que no pescaron ni hambrearon podrían haberla devorado y saciar al fin el gusto y la desidia, pero aquel pueblo decidió partir la mojarra a la mitad y volver a la experiencia de la pesca.
Una de las mitades se soltó del clavo perdiéndose en lo más profundo de aquel río de intereses.
Los que si pescamos y hambreamos, nos doblamos de hambre aquella noche, pero con la otra mitad se tomó una decisión, que es lo que los pueblos hacen.
Cambiamos una última cena por un primer ayuno.
Se volvió a tirar una mitad por aquel río y funcionó.
¡Sacamos un bagre!
Todos festejamos aquella pesca y celebramos.
Los pescadores de todos los lugares voltearon hacia el sur.
Se había corrido la voz de que aquel pueblo preso se había transformado en pescador solo con un clavo y mazapán.
Aquel bagre se partió también en dos mitades.
Con la primera, comimos todos.
Luego tomamos la segunda, la atamos a nuestro clavo y la lanzamos al corazón de lo profundo del gran río.
Los demás pescadores, revolvieron las aguas, tendieron sus redes y taparon los vestigios del reflejo de la luna.
Nosotros, levantamos la mirada con solo dos certezas:
A- Que es esta quizá la más fría y la más oscura de nuestras noches.
B-  Que los dorados son animales nocturnos.

jueves, 26 de marzo de 2015

Huracanes y barriletes

Yo había nacido aquí cuando ella se sumo 
Ambos crecimos entre cosas que teníamos pero no eran nuestras
Y nos enarbolamos, con nuestros nudos y nuestras raíces torcidas, enredándonos.
Por que era innecesario habitar, pudiendo vivir
¡Aunque sea sin querer! 
Aunque tengamos qué y no sepamos cómo, queríamos vivir.
Pasarla lindo.
Éramos dos gusanos que se encontraron en lo más putrefacto del corazón de una manzana, si de algo íbamos a morir, que sea de placer, enfermos de placer.
Las enfermedades para nosotros eran cuentos terribles, se decía que los sordos estaban enfermos, se decía que los homosexuales estaban enfermos, pero nadie decía nada de los enamorados ni de los hinchas de Racing.
De nosotros, los enfermos.
Los que no viajan, o no comen cuando viajan.
El mundo y nosotros, huracanes y barriletes.
A veces me invitaba a acompañarla, me llevaba a compartir el invierno inventado, que ella misma pedía prestado en los aires acondicionados de los supermercados, sin pagar las estadías y sin preocuparnos por los pasajes.
Para nosotros, la Bombonera estaba en las vidrieras de las peatonales.
En la escoliosis de los alquileres, en la eternidad de los colectivos.
En vivirla como salga.
En ser libres.
¿Cómo los pájaros?, No.
Libres como los perros que duermen tranquilos en las casetas de los cajeros automáticos.